La mentira compulsiva
También conocida como mitomanía, es un trastorno que puede manifestarse en una conducta habitual de distorsión de la realidad. Este comportamiento, aunque generalmente asociado a una necesidad de validación personal o control sobre los demás, tiene una particular resonancia cuando se observa en figuras públicas, especialmente en líderes políticos. Un ejemplo reciente lo encontramos en el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, quien ha sido señalado por constantes contradicciones y cambios de postura que han desatado tanto críticas como cuestionamientos éticos.
El periodista Carlos Alsina, en una entrevista directa y sin titubeos, lanzó una pregunta incisiva: "¿Por qué nos ha mentido tanto, presidente?". Sánchez, lejos de demostrar incomodidad, defendió sus giros políticos como decisiones complejas derivadas de la dificultad inherente al cargo. Sin embargo, lo que llama la atención no es solo la frecuencia de las contradicciones, sino su habilidad para adornarlas con un lenguaje cargado de eufemismos, una herramienta que, desde un punto de vista psicológico, puede reforzar la percepción de falta de sinceridad.
El eufemismo como estrategia psicológica para mentir
El eufemismo, definido como la sustitución de una expresión directa por otra más suave o ambigua, es una herramienta utilizada frecuentemente por quienes desean minimizar el impacto de una verdad incómoda. En el caso de Sánchez, los "cambios de posición política" que menciona no son más que un intento de ocultar decisiones controvertidas o promesas incumplidas bajo una capa de supuesta racionalidad.
Este gusto extremo por el eufemismo no solo es una técnica retórica, sino que también puede interpretarse como una estrategia psicológica que busca evitar la confrontación directa con la realidad. Así, el lenguaje se convierte en un escudo, permitiendo al político eludir la responsabilidad sin parecer completamente deshonesto. Desde prometer “despolitizar las instituciones” hasta justificar los indultos del procés como una decisión de "utilidad pública", Sánchez ha perfeccionado el arte de decir mucho sin decir nada realmente.
El uso de eufemismos y la percepción pública
Desde un punto de vista psicológico, los eufemismos pueden ser interpretados como una forma de manipulación. Al utilizar términos más suaves o ambiguos, se reduce la carga emocional o moral de una acción, haciéndola más aceptable para la audiencia. Sin embargo, esta táctica tiene un costo: cuando el público comienza a percibir los eufemismos como un mecanismo de encubrimiento, se genera un sentimiento de traición que puede derivar en una pérdida de confianza.
Un ejemplo paradigmático es su reciente afirmación en El Intermedio: “Nunca diría que España va bien si no lo fuera”, hecha solo días después de asegurar que la economía española “va como una moto”. En este caso, la contradicción no solo resulta evidente, sino que el recurso a frases ambiguas incrementa la sensación de que se trata de un discurso calculado para evitar críticas.
Eufemismos recurrentes en las políticas de Sánchez
Entre los casos más notorios de su mandato, se observa un patrón recurrente de eufemismos que buscan desviar la atención:
"Reforma del Tribunal Constitucional": Una promesa de despolitización que se tradujo en el nombramiento de figuras cercanas a su partido.
"Adecuar el delito de sedición a la realidad histórica actual": Una forma de justificar cambios legislativos que beneficiaron a líderes independentistas.
"Acuerdo de estabilidad con fuerzas progresistas": El pacto con Bildu y Podemos, contradiciendo declaraciones previas de que nunca se aliaría con ellos.
"Ley de garantía integral de la libertad sexual": Presentada como un avance feminista, esta legislación terminó provocando la rebaja de penas a agresores sexuales, desatando una tormenta política y social.
Estos eufemismos no son casuales, sino parte de una estrategia para desactivar la carga emocional que acompaña a las decisiones controvertidas. Sin embargo, el efecto acumulativo de esta práctica puede ser devastador para la percepción pública del líder, alimentando la idea de que detrás de las palabras suaves se esconden verdades incómodas.
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Conclusión: El lenguaje como herramienta de poder
La habilidad de Pedro Sánchez para recurrir al eufemismo ilustra cómo el lenguaje puede ser empleado como una herramienta de poder y control. Desde una perspectiva psicológica, este comportamiento puede interpretarse como un intento de mitigar la disonancia cognitiva entre sus acciones y sus promesas, tanto para sí mismo como para su audiencia. Sin embargo, cuando el uso del eufemismo se convierte en una constante, puede acabar reforzando la percepción de que la mentira, más que un recurso ocasional, es una característica estructural de su liderazgo.
En política, las palabras importan. Pero, como demuestra el caso de Sánchez, lo que se esconde detrás de ellas importa aún más.


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